La obesidad es una enfermedad crónica y recidivante caracterizada por un exceso de tejido adiposo que puede deteriorar la salud. No es únicamente una cuestión estética ni un problema de “falta de voluntad”: intervienen mecanismos biológicos (hormonales y neurológicos), factores genéticos y un entorno que favorece el consumo de alimentos muy energéticos y el sedentarismo. Por ello, su abordaje suele requerir un plan a largo plazo, individualizado y, con frecuencia, multidisciplinar.

Aviso: este documento tiene fines informativos y no sustituye una valoración médica individual. Si está considerando un tratamiento farmacológico, endoscópico o quirúrgico, consulte con un profesional sanitario.

Puntos clave

  • El IMC es una herramienta de cribado, pero no describe por sí solo la salud metabólica ni la distribución de la grasa.
  • La pérdida de peso del 5–10% ya mejora muchas complicaciones; en algunos casos se requieren objetivos mayores.
  • Los fármacos y los procedimientos endoscópicos o quirúrgicos son complementos (no sustitutos) de los cambios de estilo de vida.
  • La obesidad tiende a reaparecer si se interrumpe el tratamiento: el seguimiento a largo plazo es parte del éxito.

¿Qué es la obesidad?

Desde el punto de vista clínico, se suele estimar el grado de obesidad mediante el índice de masa corporal (IMC), calculado dividiendo el peso (kg) entre la talla (m) al cuadrado.

  • Bajo peso: IMC < 18,5 kg/m².
  • Normopeso: IMC 18,5–24,9 kg/m².
  • Sobrepeso: IMC 25–29,9 kg/m².
  • Obesidad grado I: IMC 30–34,9 kg/m².
  • Obesidad grado II: IMC 35–39,9 kg/m².
  • Obesidad grado III: IMC ≥ 40 kg/m².

Es importante recordar que el IMC tiene limitaciones: no distingue entre masa grasa y masa muscular, ni refleja dónde se acumula la grasa. La grasa visceral (abdominal) se asocia a mayor riesgo cardiometabólico.

Por eso, suele recomendarse complementar el IMC con la medición de la circunferencia de cintura. En población europea (europide), valores ≥ 94 cm en hombres y ≥ 80 cm en mujeres sugieren aumento del riesgo, y ≥ 102 cm (hombres) o ≥ 88 cm (mujeres) un riesgo alto. Estos puntos de corte pueden variar según el origen étnico.

Causas

En la mayoría de los casos, la obesidad es multifactorial. Algunos de los factores más relevantes son:

  • Entorno y estilo de vida: dietas de alta densidad energética (ultraprocesados, bebidas azucaradas), porciones grandes, sedentarismo.
  • Factores biológicos: el cerebro regula el apetito y el gasto energético mediante señales hormonales (p. ej., leptina, ghrelina, GLP-1). Tras adelgazar, el organismo tiende a aumentar el hambre y reducir el gasto, facilitando la recuperación de peso.
  • Genética: existe predisposición hereditaria; en un pequeño porcentaje hay obesidades monogénicas o sindrómicas que requieren abordajes específicos.
  • Sueño y estrés: dormir poco y el estrés crónico se asocian a peor control del apetito y mayor riesgo de ganancia ponderal.
  • Medicamentos: algunos fármacos pueden favorecer el aumento de peso (corticoides, ciertos antipsicóticos, antidepresivos, antiepilépticos, insulina, etc.).
  • Enfermedades endocrinas o metabólicas (menos frecuentes): hipotiroidismo, síndrome de Cushing, síndrome de ovario poliquístico, entre otras.

La idea de que la obesidad se reduce a “comer más y moverse menos” es incompleta: ese balance existe, pero está condicionado por mecanismos biológicos y por el entorno. Entenderlo ayuda a evitar la culpa y a planificar estrategias realistas.

Manifestaciones y consecuencias para la salud

La obesidad puede no dar síntomas específicos al inicio. Con el tiempo, el exceso de tejido adiposo y, especialmente, la acumulación abdominal pueden asociarse a complicaciones mecánicas, metabólicas e inflamatorias.

  • Complicaciones cardiometabólicas: hipertensión, dislipemia, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular.
  • Alteraciones respiratorias: apnea obstructiva del sueño, disnea de esfuerzo.
  • Complicaciones osteoarticulares: artrosis (rodilla, cadera), dolor lumbar y limitación funcional.
  • Complicaciones tromboembólicas: aumento del riesgo de trombosis venosa profunda y embolia pulmonar, especialmente con inmovilidad.
  • Hígado: enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD) y, en algunos casos, esteatohepatitis (MASH) y fibrosis.
  • Cáncer: mayor riesgo de diversos tumores, incluidos varios cánceres digestivos (ver sección específica).
  • Salud mental: ansiedad/depresión y efectos del estigma social, que pueden dificultar el autocuidado.

Diagnóstico

El diagnóstico y la valoración del riesgo no se basan únicamente en el peso. Habitualmente incluyen:

  • Medición de IMC y circunferencia de cintura.
  • Evaluación de composición corporal (cuando es útil): bioimpedancia, plicometría o DEXA.
  • Historia clínica: evolución del peso, hábitos alimentarios, actividad física, sueño, estrés, antecedentes familiares, medicación y contexto psicosocial.
  • Cribado de complicaciones: tensión arterial, glucemia/HbA1c, perfil lipídico y función hepática (ALT/AST).
  • Valoración de apnea del sueño y otros problemas asociados según síntomas y factores de riesgo.
  • En personas con sospecha de afectación hepática: ecografía y/o elastografía para estimar esteatosis y fibrosis.

Algunas guías recomiendan además clasificar la obesidad según su impacto clínico (por ejemplo, mediante sistemas de estadificación), porque dos personas con el mismo IMC pueden tener riesgos y necesidades terapéuticas muy diferentes.

Diagnosticar la obesidad no consiste únicamente en constatar un exceso de peso, sino en analizar cómo la acumulación de grasa está influyendo en la salud general y qué riesgos conlleva. Un diagnóstico adecuado permite establecer un plan terapéutico individualizado, que puede incluir cambios en la alimentación, aumento de la actividad física, apoyo psicológico, tratamiento farmacológico o, en situaciones concretas, cirugía bariátrica. Detectar y tratar la obesidad de forma precoz mejora la calidad de vida y reduce el riesgo de complicaciones a medio y largo plazo.

Tratamiento

La obesidad es una enfermedad crónica, recurrente y de origen multifactorial, por lo que debe tratarse de forma continuada y estructurada. Cuando el IMC es igual o superior a 30 kg/m², el riesgo de desarrollar enfermedades asociadas aumenta de manera notable. Entre estas comorbilidades se incluyen la diabetes mellitus tipo 2, la hipertensión arterial, la apnea del sueño, las enfermedades cardiovasculares y determinados tipos de cáncer. Existe una relación directa entre el grado de exceso de peso y el riesgo de padecer estas patologías: cuanto mayor es el exceso de peso, mayor es la probabilidad de complicaciones. Por este motivo, alcanzar y mantener un peso saludable es un objetivo fundamental para preservar la salud a largo plazo.

El abordaje terapéutico de la obesidad debe ser individualizado y realizarse preferentemente en el marco de una Unidad Multidisciplinar, en la que participen profesionales de distintas áreas como nutrición, psicología y medicina. Este enfoque integral permite adaptar el tratamiento a las características, necesidades y circunstancias de cada paciente.

El objetivo del tratamiento no es solo “bajar kilos”, sino mejorar salud, calidad de vida y reducir complicaciones. En general, una pérdida de peso del 5–10% ya aporta beneficios metabólicos y cardiovasculares; en situaciones como diabetes, apnea del sueño o enfermedad hepática avanzada pueden requerirse objetivos mayores.

El abordaje debe individualizarse y suele integrar intervenciones sobre el estilo de vida, apoyo conductual/psicológico y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico, endoscópico o quirúrgico.

Tratamiento conductual y estilo de vida

Suele ser la base del plan terapéutico y se apoya en tres pilares:

Alimentación e intervención nutricional

La estrategia con mejor evidencia es lograr un déficit calórico sostenido, adaptado a cada persona, priorizando alimentos poco procesados y de alta densidad nutricional. No existe una única “dieta perfecta”: el mejor plan es el que se puede mantener en el tiempo.

  • Patrones alimentarios recomendados: dieta mediterránea o estilo DASH, con abundancia de verduras, frutas, legumbres, cereales integrales, aceite de oliva y proteínas magras.
  • Fibra: aumentar el consumo de fibra (legumbres, verduras, fruta entera, frutos secos) ayuda a la saciedad y al control glucémico.
  • Proteína: asegurar un aporte adecuado de proteína facilita la preservación de masa muscular durante la pérdida de peso.
  • Reducir ultraprocesados, bebidas azucaradas y alcohol, que aportan calorías con baja saciedad.
  • Técnicas prácticas: planificar menús, controlar porciones, comer con atención plena (mindful eating) y registrar ingestas si resulta útil.

Actividad física

La actividad física mejora la salud cardiometabólica y ayuda a mantener la pérdida de peso. De forma orientativa, se recomienda acumular 150–300 minutos/semana de actividad aeróbica moderada, y añadir entrenamiento de fuerza 2–3 días/semana, adaptado a la edad y a las limitaciones articulares.

Apoyo psicológico y conductual

La terapia cognitivo-conductual y otras estrategias de cambio de hábitos pueden mejorar adherencia, manejo de emociones, control del hambre hedónica y prevención de recaídas. También es clave detectar y tratar trastornos de la conducta alimentaria, ansiedad o depresión cuando están presentes.

A pesar de ello, en muchos casos estas medidas no son suficientes para lograr una pérdida de peso significativa o sostenida. En estas situaciones, es necesario complementar el tratamiento con otras opciones terapéuticas. Existen distintos escalones de intervención que se seleccionan según el IMC, las comorbilidades y la respuesta previa al tratamiento, siempre valorando de forma individualizada y comenzando, en la medida de lo posible, por las opciones menos invasivas.

Tratamiento farmacológico

Los fármacos para la obesidad se indican como complemento (no como sustituto) de los cambios de estilo de vida, habitualmente en personas con IMC ≥ 30 kg/m² o IMC ≥ 27 kg/m² con comorbilidades relacionadas con el peso, cuando no se alcanzan objetivos con medidas conductuales.

La elección del fármaco depende de la situación clínica, comorbilidades, contraindicaciones, tolerancia, disponibilidad y coste. En los últimos años han destacado los fármacos “incretínicos” (agonistas de GLP-1 y agonistas duales GIP/GLP-1) por su eficacia, aunque requieren seguimiento médico.

Fármaco (principio activo)MecanismoPérdida media de peso (ensayos)Comentarios clínicos
Semaglutida 2,4 mg (1 vez/semana)Agonista del receptor GLP-1≈ 15% a 68 semanasAprobada en la UE para control del peso en IMC ≥30 o ≥27 con comorbilidad. Efectos gastrointestinales frecuentes; requiere escalado progresivo.
Tirzepatida (1 vez/semana)Agonista dual GIP/GLP-1≈ 15–21% a 72 semanas (según dosis)Indicada en la UE para control del peso en IMC ≥30 o ≥27 con comorbilidad. Alta eficacia; efectos gastrointestinales frecuentes.
Liraglutida 3 mg (diaria)Agonista del receptor GLP-1≈ 5–8%Menor pérdida de peso que semaglutida; puede ser alternativa cuando otras opciones no son adecuadas.
Naltrexona / bupropiónModulación central del apetito y del sistema de recompensa≈ 5–9%Puede ser útil en determinados perfiles; no indicada en epilepsia y requiere precaución en hipertensión no controlada.
OrlistatInhibidor de la lipasa intestinal≈ 3–5%Efectos digestivos (esteatorrea) si no se reduce la grasa en la dieta; puede interferir con absorción de vitaminas liposolubles.

En general, la suspensión del tratamiento farmacológico se asocia a recuperación parcial del peso. Por ello, la obesidad se maneja como una enfermedad crónica: los tratamientos eficaces suelen requerir continuidad y un plan de mantenimiento.

Tratamientos endoscópicos

Las técnicas endoscópicas (por vía oral, sin incisiones) pueden considerarse en personas seleccionadas, habitualmente con IMC 30–40 kg/m², y siempre integradas en un programa estructurado con seguimiento nutricional y conductual.

  • Balones intragástricos: dispositivos temporales (6–12 meses) que aumentan la saciedad; requieren selección adecuada y seguimiento para minimizar náuseas, vómitos, reflujo o complicaciones.
  • Gastroplastia endoscópica en manga (ESG): suturas endoscópicas que reducen el volumen gástrico; puede lograr pérdidas de peso clínicamente relevantes y mejorar comorbilidades en manos expertas.
  • POSE (Primary Obesity Surgery Endolumenal): técnica endoscópica que crea pliegues gástricos; resultados variables según técnica y selección de pacientes.
  • Dispositivos malabsortivos temporales (p. ej., bypass duodenal endoluminal): su uso depende de disponibilidad y perfil de seguridad; algunos han tenido limitaciones por eventos adversos.

Tratamiento quirúrgico

La cirugía metabólica y bariátrica es el tratamiento más eficaz a largo plazo para la obesidad severa y para la mejoría de múltiples complicaciones. Incluye técnicas como la gastrectomía vertical (manga gástrica) y el bypass gástrico.

De forma clásica, se considera en IMC ≥ 40 kg/m² o IMC ≥ 35 kg/m² con comorbilidades significativas. Guías recientes también contemplan su indicación en IMC 30–34,9 kg/m² con diabetes tipo 2 u otras enfermedades metabólicas cuando no se alcanzan objetivos con tratamientos menos invasivos, siempre tras valoración en unidad especializada.

La cirugía requiere un compromiso de seguimiento a largo plazo (nutrición, salud mental y control de déficits de micronutrientes) y no sustituye la necesidad de hábitos saludables.

Algoritmo terapéutico orientativo

Situación clínica (orientativa)Opciones de tratamiento (siempre individualizadas)
Sobrepeso (IMC 25–29,9) con o sin comorbilidadesIntervención sobre estilo de vida + apoyo conductual. Considerar fármacos si IMC ≥27 con comorbilidades y no se alcanzan objetivos.
Obesidad grado I (IMC 30–34,9)Estilo de vida + apoyo conductual. Añadir farmacoterapia si está indicada. Considerar técnicas endoscópicas en casos seleccionados.
Obesidad grado II (IMC 35–39,9)Tratamiento combinado (estilo de vida + fármacos). Endoscopia bariátrica o cirugía según comorbilidades, preferencias y respuesta.
Obesidad grado III (IMC ≥40) o IMC ≥35 con comorbilidades relevantesValoración en unidad multidisciplinar: cirugía metabólica/bariátrica como opción de mayor eficacia; considerar estrategias puente (fármacos/endoscopia) según el caso.

Complicaciones digestivas asociadas a la obesidad

Además de su impacto cardiovascular y metabólico, la obesidad influye de forma directa en el aparato digestivo.

Reflujo gastroesofágico y esófago de Barrett

La obesidad abdominal aumenta la presión intraabdominal y favorece el reflujo gastroesofágico. La exposición crónica del esófago al ácido puede causar esofagitis y, en algunos casos, esófago de Barrett, que se asocia a mayor riesgo de adenocarcinoma esofágico.

Trastornos funcionales digestivos

Síntomas como distensión abdominal, dispepsia funcional o síndrome de intestino irritable son más frecuentes en personas con obesidad. Pueden intervenir factores como alteraciones de motilidad, inflamación de bajo grado, cambios en la microbiota y componentes psicológicos.

Enfermedad hepática esteatósica (MASLD/MASH)

La obesidad es el principal factor de riesgo de la enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD). En una proporción de pacientes progresa a esteatohepatitis (MASH), fibrosis e incluso cirrosis y carcinoma hepatocelular. La pérdida de peso sostenida es una de las intervenciones más eficaces para mejorar el hígado graso.

Litiasis biliar

La obesidad aumenta el riesgo de cálculos en la vesícula biliar por cambios en la composición de la bilis y en la motilidad vesicular. El adelgazamiento rápido también puede incrementar este riesgo, por lo que en programas intensivos se valora la prevención en casos seleccionados.

Pancreatitis y esteatosis pancreática

La obesidad y la hipertrigliceridemia se asocian a mayor riesgo y peor evolución de pancreatitis aguda. También se investiga el papel de la acumulación de grasa en el páncreas (esteatosis pancreática) y su relación con la disfunción metabólica.

Diverticulosis y cáncer digestivo

La obesidad se relaciona con mayor prevalencia de diverticulosis y con un riesgo aumentado de complicaciones diverticulares. Además, existe evidencia consistente de asociación con varios cánceres digestivos (hígado, páncreas, colon y recto, entre otros), en parte mediada por inflamación crónica, resistencia a la insulina y cambios hormonales.

Recomendaciones nutricionales prácticas

Estas recomendaciones son generales y deben adaptarse a la situación clínica, preferencias, cultura alimentaria y comorbilidades:

  • Priorice alimentos frescos o mínimamente procesados (verduras, fruta entera, legumbres, pescado, huevos, lácteos sin azúcares añadidos, carnes magras).
  • Aumente la fibra de forma progresiva y con buena hidratación.
  • Elija carbohidratos de calidad (integrales) y limite azúcares libres y bebidas azucaradas.
  • Asegure proteína en cada comida para mejorar saciedad y preservar masa muscular.
  • Cocine con aceite de oliva y limite fritos habituales y grasas trans.
  • Planifique: comprar con lista, cocinar por adelantado y evitar “picoteo” impulsivo.
  • Combine alimentación con ejercicio de fuerza para proteger la masa muscular.
  • Desconfíe de “dietas milagro” y suplementos con promesas de adelgazamiento rápido: suelen tener poca evidencia y alto riesgo de rebote.

Cuándo consultar

Conviene solicitar valoración médica o nutricional si existe obesidad con comorbilidades, si hay dificultad para perder peso pese a esfuerzos mantenidos, si aparecen síntomas sugerentes de apnea del sueño (ronquidos intensos, somnolencia diurna), hipertensión, alteraciones de glucosa, o si se sospecha afectación hepática.

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Dra. Pilar Esteban

Médico especialista Ap. Digestivo. Nutrición clínica Hospital General Universitario Morales Meseguer, Murcia

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