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Colitis Ulcerosa: Genoma y Microbiota
Genoma y Microbiota
La Enfermedad Inflamatoria Intestinal (EII), que incluye tanto la colitis ulcerosa como la Enfermedad de Crohn, engloba un conjunto de patologías crónicas de origen aún no aclarado que provocan inflamación persistente en el intestino. Aunque su causa exacta sigue sin conocerse, la teoría más aceptada apunta a un desequilibrio entre el sistema inmunitario y los microorganismos que habitan en el intestino, la microbiota, en personas que presentan una susceptibilidad genética determinada.
Genoma
Desde los inicios de la investigación en EII se ha observado que existe un componente genético, ya que los familiares de primer grado de quienes la padecen presentan un riesgo mayor que el de la población general. Con el tiempo se han identificado alrededor de 200 variantes genéticas relacionadas con estas enfermedades, algunas de ellas también vinculadas a otros trastornos inmunológicos como la psoriasis o la artritis.
Aun así, la genética por sí sola no explica completamente su aparición. De hecho, los estudios realizados en gemelos idénticos muestran que únicamente tres de cada diez hermanos gemelares de un paciente desarrollan también la enfermedad. Este dato indica que, además de la predisposición genética, deben intervenir otros factores, muy probablemente ambientales, para que la EII llegue a manifestarse.
Factores ambientales
El papel de los factores ambientales en la Enfermedad Inflamatoria Intestinal se pone de manifiesto al analizar cómo ha evolucionado la enfermedad a lo largo del tiempo. Hasta mediados del siglo XX, la EII era poco frecuente. Sin embargo, desde entonces se ha observado un incremento progresivo de los diagnósticos en los países industrializados. A partir de la década de 1990, este aumento también se ha extendido a los países en proceso de industrialización, un fenómeno que se relaciona con la llamada occidentalización de sus sociedades.
Este proceso de occidentalización conlleva cambios importantes, como el desarrollo industrial, la urbanización y, en general, modificaciones en los hábitos y el estilo de vida de la población. Algunos de estos cambios, que se resumen en la Tabla, podrían estar implicados en el desarrollo de la EII.
Estilo de vida tradicional | Estilo de vida “moderno” |
Nacimiento en casa vía vaginal | Nacimiento en el hospital. Cesáreas frecuentes |
Familias grandes con muchos miembros viviendo en la misma casa | Familias pequeñas |
Vida rural con contacto con el suelo | Vida urbana. Contacto con cemento y materiales plásticos |
Acceso limitado al agua caliente y al jabón para higiene personal y de los ambientes | Higiene personal y general elevada. Uso de detergentes, soluciones higiénicas |
Poco uso de antibióticos | Uso de antibióticos desde la infancia |
Dieta poco procesada. Alimentos naturales o conservados por fermentación | Dieta procesada y refrigerada. Uso de conservantes, colorantes, emulsionantes |
Poca polución del ambiente | Polución creciente sobre todo en las ciudades |
De hecho, la relevancia de estos cambios queda respaldada por distintos estudios que muestran una mayor frecuencia de EII en poblaciones urbanas, así como en adultos que, durante la infancia, recibieron tratamientos antibióticos de forma repetida.
Relación entre el estilo de vida y la microbiota intestinal
Los cambios asociados al estilo de vida influyen de manera directa en la composición de la microbiota intestinal. La microbiota hace referencia al conjunto de microorganismos que habitan en un determinado entorno, en este caso, el intestino. Como resultado de los hábitos propios de las sociedades occidentales, las personas que viven en estos países presentan una microbiota menos diversa, es decir, con menor variedad de microorganismos, en comparación con las poblaciones no occidentales.
A lo largo de la vida, múltiples factores condicionan la microbiota intestinal, entre ellos la alimentación, el entorno, el consumo de fármacos o el tabaquismo. No obstante, el primer año de vida resulta especialmente determinante. El nacimiento por vía vaginal, la lactancia materna y la limitación del uso innecesario de antibióticos durante la infancia favorecen el desarrollo de una microbiota intestinal más equilibrada y saludable en la edad adulta.
Disbiosis: alteración de la microbiota intestinal
En las personas con Enfermedad Inflamatoria Intestinal (EII), la microbiota intestinal presenta alteraciones relevantes. En general, es menos diversa y se caracteriza por un aumento de microorganismos potencialmente perjudiciales junto con una disminución de aquellos considerados beneficiosos. Este desequilibrio recibe el nombre de disbiosis y también se ha descrito en otras patologías, como la diabetes o la obesidad.
La principal característica de la disbiosis es la pérdida de riqueza microbiana en el intestino, un fenómeno que resulta más acusado en la Enfermedad de Crohn que en la colitis ulcerosa, especialmente al compararlo con personas sanas. Esta alteración ya está presente en el momento del diagnóstico, lo que sugiere que no es consecuencia del tratamiento. Además, la disbiosis suele ser más intensa en pacientes con brotes frecuentes o recientes, mientras que es menos marcada en quienes mantienen la enfermedad en remisión durante periodos prolongados.
Un ecosistema intestinal con menor diversidad es también más inestable. Por ello, factores como infecciones, tratamientos antibióticos o situaciones de estrés pueden desencadenar cambios que favorezcan la aparición de brotes en personas con EII.
Bacterias beneficiosas y bacterias perjudiciales
Otro rasgo clave de la disbiosis es el desequilibrio entre bacterias beneficiosas y perjudiciales. De forma general, se observa una reducción de bacterias pertenecientes a los grupos Firmicutes y Bacteroidetes, consideradas beneficiosas, y un aumento de Proteobacterias y Actinobacterias, que se asocian a efectos menos favorables.
Entre las bacterias que se encuentran claramente disminuidas destacan Akkermansia muciniphila en la colitis ulcerosa y Faecalibacterium prausnitzii en la Enfermedad de Crohn. Ambas tienen propiedades antiinflamatorias importantes para el intestino. Así, las personas con colitis ulcerosa que mantienen una remisión prolongada presentan mayores niveles de Akkermansia en la mucosa intestinal, mientras que los pacientes con Enfermedad de Crohn que requieren cirugía suelen mostrar niveles reducidos de Faecalibacterium.
El análisis de la composición bacteriana en las heces podría incluso permitir diferenciar entre personas sanas y pacientes con colitis ulcerosa o Enfermedad de Crohn. Además, en quienes responden adecuadamente a los tratamientos, también se observa una mejora de la disbiosis, lo que abre la puerta a utilizar determinados cambios en la microbiota como posibles marcadores de buena respuesta terapéutica, como el aumento de géneros bacterianos como Blautia o Roseburia tras el uso de tratamientos biológicos.
Junto a las bacterias, otros componentes de la microbiota intestinal, como los hongos y los virus, desempeñan un papel relevante en el mantenimiento de la salud intestinal. Aunque también se han descrito alteraciones en su composición en la EII, su implicación concreta todavía no se conoce con detalle.
Tratamiento de la disbiosis
Desde el punto de vista terapéutico, el objetivo principal en relación con la microbiota sería aumentar su diversidad, es decir, favorecer un ecosistema intestinal más variado y estable. En la EII, el uso de probióticos no ha demostrado de forma general un beneficio claro en la reducción de brotes, salvo en situaciones clínicas muy concretas.
Los estudios sobre trasplante fecal son aún limitados, tanto por el reducido número de pacientes incluidos como por la falta de resultados concluyentes, y en especial en la Enfermedad de Crohn los datos disponibles apuntan a una eficacia escasa o incluso negativa. Además, esta estrategia no está exenta de riesgos, sobre todo en pacientes con enfermedad activa.
La opción más directa y segura para mejorar la microbiota intestinal en la práctica clínica actual es la alimentación. Una dieta saludable sería aquella variada, rica en verduras, frutas, legumbres, frutos secos y semillas, con bajo consumo de alimentos ultraprocesados e incorporación de alimentos prebióticos, que favorecen el crecimiento de bacterias beneficiosas. Un ejemplo bien conocido de este patrón alimentario es la dieta mediterránea, que además de sus efectos positivos sobre la microbiota, ha demostrado beneficios claros para la salud cardiovascular gracias a su contenido en grasas poliinsaturadas.
Contenido actualizado en 2026 por:

Dra. Mileidis San Juan Acosta
Hospital Universitario Nuestra Señora de Candelaria. Santa Cruz de Tenerife.
Contenido original por:

Dr. Francisco García Fernández
Hospital Virgen del Rocío, Sevilla.

Dr. José Miguel Rosales Zábal
Hospital Costa del Sol, Marbella.

Dra. Susana Jiménez Contreras
Xanit Inter.Hospital, Benalmádena, Málaga.

Dr. Antonio M. Moreno García
Hospital Universitario Puerta del Mar, Cádiz.

Zahira Pérez Martínez
Enfermera de la Unidad de Crohn y Colitis Ulcerosa (UACC). Hospital Univ. Vall d'Hebron, Barcelona.

Elena Oller
Enfermera de la Unidad de Crohn y Colitis Ulcerosa (UACC). Hospital Univ. Vall d'Hebron, Barcelona.






