En la mayoría de los casos, no es posible diagnosticar el cáncer de páncreas únicamente a partir de los síntomas o de la exploración física, por lo que es necesario recurrir a distintas pruebas médicas. Desafortunadamente, se trata de un tumor difícil de detectar en fases tempranas y lo más habitual es que, cuando aparecen los síntomas, la enfermedad ya esté en un estadio avanzado.
Los pacientes suelen consultar por dolor en la zona epigástrica (conocida como la “boca del estómago”), pérdida de peso y, en algunos casos, ictericia, que se manifiesta como una coloración amarillenta de la piel y de los ojos. Ante esta situación, normalmente se inicia el estudio con una analítica de sangre que incluye parámetros habituales como las transaminasas (enzimas del hígado), la bilirrubina, la fosfatasa alcalina y las enzimas pancreáticas amilasa y/o lipasa. Se trata de pruebas de uso común, no específicas.
En la mayoría de los casos, tras la analítica se realiza una ecografía abdominal. Esta prueba es especialmente útil para detectar la dilatación de los conductos biliares, algo frecuente en los tumores localizados en la cabeza del páncreas, ya que por esta zona discurre el conducto biliar principal o colédoco. El crecimiento del tumor puede comprimirlo y provocar ictericia. En ocasiones, la ecografía también permite identificar una masa pancreática, aunque su capacidad diagnóstica es limitada y resulta más fiable en lesiones de 3 cm o mayores.
Otra prueba fundamental es la tomografía computarizada (TC) abdominal, también conocida como escáner. El TC permite visualizar el tumor y valorar su relación con los órganos y tejidos cercanos, lo que resulta clave para determinar la extensión de la enfermedad y si es posible la cirugía. Además, ayuda a detectar la presencia de metástasis. En muchos casos, esta prueba es la primera que se solicita cuando predominan síntomas como el dolor abdominal y la pérdida de peso sin ictericia.
Una vez establecido el diagnóstico, suele ser necesario realizar una ecoendoscopia digestiva alta. Este procedimiento es similar a una gastroscopia, pero utiliza un endoscopio especial con un sistema de ecografía incorporado. A diferencia de la ecografía abdominal, permite una visualización mucho más precisa del páncreas y de su relación con estructuras cercanas, especialmente vasos sanguíneos. Además, posibilita la obtención de biopsias mediante una aguja, lo que resulta clave para confirmar el diagnóstico.
En determinados casos, puede ser necesaria la realización de una CPRE (colangiopancreatografía retrógrada endoscópica). Aunque su nombre es complejo, se trata de una técnica endoscópica que permite acceder al colédoco, inyectar contraste y obtener imágenes radiológicas de los conductos biliares y pancreáticos. Además de su utilidad diagnóstica, permite realizar tratamientos, como la colocación de prótesis para desobstruir los conductos comprimidos por el tumor, de forma similar a los stents utilizados en las arterias coronarias.
Por último, cuando el objetivo principal es estudiar los conductos biliares y pancreáticos, también puede emplearse la resonancia magnética. Esta técnica es muy sensible para visualizar estas estructuras y resulta menos invasiva que la CPRE, aunque no permite realizar intervenciones terapéuticas como la colocación de prótesis.