Endoscopia en enfermedades hepáticas

La endoscopia digestiva es una exploración que consiste en la introducción de un tubo flexible provisto de una cámara y una fuente de luz en el interior del aparato digestivo. Gracias a este procedimiento es posible visualizar directamente la mucosa digestiva para identificar lesiones y, si es necesario, obtener muestras (biopsias) o aplicar tratamientos mediante distintos instrumentos que se introducen a través del propio endoscopio, como pinzas, catéteres o agujas.

Existen dos tipos principales de endoscopia digestiva:

Esofagogastroscopia, endoscopia digestiva alta o panendoscopia oral: permite examinar el esófago, el estómago y el duodeno, es decir, el tramo superior del aparato digestivo, introduciendo el endoscopio por la boca.

Colonoscopia o endoscopia digestiva baja: se emplea para explorar el recto, el colon y los últimos centímetros del intestino delgado, accediendo a través del ano.

La endoscopia digestiva se realiza bajo sedación para reducir las molestias asociadas a la prueba, bien sea administrada por el endoscopista o por un anestesista. Para ello se administran fármacos sedantes por vía intravenosa, lo que provoca un estado de sueño superficial durante la exploración, siempre de forma controlada y por personal especializado.

¿Cuáles son los riesgos de la endoscopia?

Las complicaciones derivadas de la endoscopia son poco frecuentes (menos del 0,1%), especialmente cuando se realiza con finalidad diagnóstica. El riesgo aumenta cuando la prueba se lleva a cabo de forma urgente, como ocurre en el contexto de una hemorragia digestiva.

Entre las posibles complicaciones se incluyen la perforación del tubo digestivo, la hemorragia y los problemas respiratorios que pueden aparecer si el paciente aspira contenido gástrico hacia la vía respiratoria y los pulmones.

¿Qué utilidad tiene la endoscopia en el paciente con cirrosis?

En las personas con enfermedad hepática crónica avanzada (cirrosis) existe una dificultad para que la sangre procedente del intestino, que llega al hígado a través de la vena porta, pueda atravesarlo con normalidad. Esta resistencia se debe  fundamentalmente a la fibrosis hepática, un proceso de cicatrización y endurecimiento del tejido del hígado, y recibe el nombre de hipertensión portal.

Como consecuencia, la sangre busca vías alternativas para regresar al corazón, utilizando venas del esófago y del estómago, que se dilatan y forman las llamadas varices. Las varices esofágicas y gástricas son, por tanto, venas anormalmente dilatadas que aparecen en pacientes con hipertensión portal. Cuando alcanzan un tamaño importante pueden romperse y provocar una hemorragia digestiva, una de las complicaciones más graves de la cirrosis.

En los pacientes con cirrosis, la endoscopia digestiva alta tiene varias utilidades:

Diagnóstico de las varices esofágicas

Las varices esofágicas están presentes en aproximadamente el 30-60% de los pacientes con cirrosis. Cuando son de gran tamaño, presentan un riesgo elevado de rotura y sangrado, que puede producirse sin síntomas previos (30% en dos años). Este riesgo puede reducirse mediante tratamientos específicos, por lo que es fundamental realizar una endoscopia oral a todo paciente con cirrosis o con sospecha de esta enfermedad para descartar la presencia de varices.

Aunque existen otros métodos diagnósticos, la endoscopia digestiva alta es el más utilizado en la práctica clínica por ser el más fiable.

Tratamiento de la hemorragia por varices

La endoscopia oral también está indicada en pacientes con cirrosis que presentan una hemorragia digestiva, con el objetivo de identificar la causa y aplicar el tratamiento adecuado. Si el sangrado se debe a varices esofágicas, el tratamiento consiste en la colocación de bandas elásticas en la base de la variz sangrante (ligadura endoscópica con bandas), junto con la administración intravenosa de fármacos como la terlipresina o la somatostatina, que disminuyen el flujo sanguíneo a través de las varices.

Prevención de la primera o de sucesivas hemorragias por varices

Tanto los pacientes en los que se detectan por primera vez varices esofágicas grandes o con signos de riesgo, como aquellos que ya han sufrido un episodio de sangrado, presentan una alta probabilidad de desarrollar una nueva hemorragia por rotura de las varices. Por este motivo, es necesario instaurar un tratamiento que permita reducir este riesgo en aproximadamente un 30-50%.

Las dos opciones terapéuticas disponibles son el tratamiento farmacológico con beta-bloqueantes y la ligadura endoscópica con bandas. Los beta-bloqueantes deben tomarse de forma indefinida y, además de su efecto sobre las varices, tienen un impacto beneficioso en la evolución de la cirrosis. Por su parte, la ligadura endoscópica requiere varias sesiones para eliminar las varices y, una vez conseguido, es necesario realizar controles endoscópicos periódicos para detectar posibles recurrencias.

La elección entre uno u otro tratamiento, o la combinación de ambos, debe consensuarse con el médico, que explicará las ventajas y los inconvenientes de cada opción.

En resumen la gastroscopia en las enfermedades hepáticas permite:

  • Detectar lesiones antes de que den problemas
  • Prevenir hemorragias digestivas graves
  • Tratar de forma inmediata si existe sangrado
  • Controlar la evolución de la enfermedad
  • Está indicada por: cirrosis u otra enfermedad hepática avanzada, anemia sin causa clara, sangrado digestivo o como parte del seguimiento periódico, aunque no tengas síntomas

Contenido revisado en 2026 por:

Dra. Mileidis San Juan

Dra. Mileidis San Juan Acosta

Hospital Univ. La Candelaria. Tenerife.

Contenido original por:

Rosa-Martin-Mateos

Dr. Rosa M. Martín Mateos

Servicio de Gastroenterología, Hospital Universitario Ramón y Cajal, Universidad de Alcalá, IRYCIS, CIBERehd, Madrid.

Agustín Albillos Martínez

Dr. Agustín Albillos Martínez

Servicio de Gastroenterología, Hospital Universitario Ramón y Cajal, Universidad de Alcalá, IRYCIS, CIBERehd, Madrid.

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